El Centro Municipal Distrito Sudoeste fue proyectado por César Pelli, arquitecto de fama mundial por obras como las Torres Petronas de Kuala Lumpur y el Museum Tower de Nueva York.
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En los '80 un grupo de artistas rosarinos originó un renovador movimiento cultural que invadió Buenos Aires y se extendió a todo el país, revolucionando la música argentina con nuevos caminos para el rock nacional.
Por Adrián Abonizio
Hay mapas del alma y mapas de los objetos. Los primeros son secretos e incorpóreos. Los segundos conducen a la salida o la entrada de las ciudades, revelan hitos importantes para el viajero circunstancial. Pertenecen en su mayoría al pasado, como si la historia fuese algo inmóvil, pergaminos sobre los cuales dictaminar o ensombrecer, según pasen los años o las interpretaciones. Lo que no señala la mayoría es la quintaesencia; el espíritu de una comarca, la naturaleza de la creación que habita y que espera tranquila a que se la nombre. Por eso la necesidad del esbozo de los mapas del alma.
La Trova Rosarina constituyó, por la década de los '80, uno de esos mojones que no se ven pero aún, como faros pudorosos, se mantienen encendidos. Fueron años contradictorios de revelación y de ostracismo, de iluminación y de velos: era la dictadura y ya muchos músicos, movidos por el clima y en medio de una inconsciencia que por su anhelo justificaba cualquier epopeya, se agrupaban a riesgo de tantísimas cosas que los años de plomo proscribían..., había una épica sí, pero sus integrantes la desconocían; actuaban con el destino de la juventud como lo hace el que anhela dejar una marca donde se ha nacido. El deseo sonaba más fuerte. El miedo hacía desafinar. Y había que evitarlo. Como el salmón, anduvieron aguas arriba en busca del lecho original donde desovar y vaya si lo lograron. Había una capacidad predictiva de buenos augurios que derrumbaba razones dentro de una perspectiva histórica que en nada parecían augurar finales felices.
Fito Paéz vivía cerca de Plaza San Martín, a un paso de la Policía Federal, en un altillo poblado de posters. Salía a la noche y a la aprensión en busca de poder tocar donde fuera. Juan Carlos Baglietto se movía de igual modo viniendo de Arroyito, en busca de juntarse con un público exiguo y errático que ocasionalmente habitaba los mismos sitios de encuentro: el Bar Saudades, de Santa fe y Entre Ríos; El Savoy, de San Martín y San Lorenzo; el Cairo; el Café del Este; el de la Flor, o la Sala Lavardén.
Insólitamente, habían permitido que muchos artistas en formación se agruparan en torno a Canto Popular, Ami (Agrupación de Músicos Independientes) o Amader (Ateneo de Músicos Amigos de Rosario). Reuniones caóticas, llenas de fervor, donde se confeccionaban en asambleas las pautas a seguir para la organización de eventos. Una pequeña democracia en medio de tanta dictadura. Se sabía que se estaba batallando contra la indiferencia, el bando militar establecía que “más de cinco personas juntas ya era reunión”, y como tal sospechosa de atentar contra el orden establecido. No hubo héroes ni mártires: la fuerza de aquella cultura musical nueva no era tomada en cuenta por los mandamases y así, larvariamente, con enjundia y mucha fe, se fue armando la simiente de la Trova Rosarina.
Las salas de ensayo se constituyeron en las casas de familia y el denominado profesionalismo parecía estar siempre muy lejos, al sur, allá por Buenos Aires o en el exterior. Los espectadores, tal vez movidos por el sentido común que otorga la cautela o la costumbre, nunca pensaron que aquel grupo estaría llamado a protagonizar una gesta que alcanzaría dimensiones gigantes en cuanto desde la capital del país advirtieran la riqueza musical y poética que englobaba a tanta gente junta y los llamaran a participar en recitales, reconociéndolos como gestores de algo de lo que aún no sabían como denominar porque mucha era la proeza, incontables las canciones, variadas las propuestas, tan profundas como sencillos sus protagonistas.
Había nacido algo desde el interior del país y muchos pusieron el oído alerta a esto nuevo que había asomado a las orillas del río marrón, en la patria cerealera que había despertado de su modorra, como si de pronto un estallido generoso y benefactor hubiese arrojado las evidencias al aire como bengalas.
En la historia esta no figuran muchos de quienes ayudaron al armado de las canciones, que dejaron su ilusión junto a otros, que fueron arte y parte, que hicieron el sonido o las primeras y elementales luces, que ayudaron a pegar afiches o escribir programas, que garabatearon en los bordes de las servilletas arreglos, que trabajaron sin esperar nada a cambio. Anónimos jóvenes creativos de Rosario que sintieron cómo la ola que ellos mismos habían ayudado a hacer crecer los estaba depositando ahora en el reconocimiento, en la playa del mapa cultural, donde antes solo había pequeñas huellas de pasos en la arena, restos de tímidos fuegos, escaramuzas creativas que fueron ignoradas por décadas bajo las profundidades de las corrientes culturales de la época.
Era ya la democracia y la Trova -nombre adquirido merced a la prensa porteña-, a su modo, habiendo atravesado lo peor, hacía justicia en nombre de muchos. Jorge Fandermole, venido de Andino, un pueblo cercano a Rosario, aportaba su brillantez largando tema tras tema; lo mismo Abonizio, Rubén Goldín, Silvina Garré y Lalo de los Santos, expatriado en Buenos Aires. Un enorme río con sus afluentes que conformaron un todo, corriente abajo o corriente arriba para que el país los conociera. Un cruce de coordenadas principales, una suerte de confluencia,un encuentro excepcional. Escritores y compositores como Calliaci, Bielsa, Tarabelli, De Benedictis, músicos enormes, instrumentistas excelentes..., todo ya desbordado y convertido en un océano de inundación fértil, trabajoso de enumerar en su oleaje y por ende, injusto a la hora de recordar puntualmente los nombres de quienes fueran sus navegantes. En total la Trova Rosarina lleva, hasta el presente, más de 150 discos confeccionados. Sus temas son material de estudio en tesis y libros. Se pueden visitar en las páginas de textos escolares y en los de música. Es saludable que haya en lo terreno un bosquejo de los mapas del alma, mojones visuales de donde ocurrieron aquellos hechos: la pintura de los areosoles, la árida picota, la humedad del tiempo y las modas pueden haber borrado sus huellas visibles, pero al ser indelebles subsisten con la invisibilidad de las cosas buenas, en algunas esquinas, en algunos sitios inexcrutables donde hubo bares, casas, galpones, esquinas y fundamentalmente, esperanzas que, por suerte, se van cumpliendo con la certeza de lo que ha nacido para perdurar.
Una generación espontanea
En los años '80 y bajo una dictadura se empezaron a manifestar expresiones musicales que derivaron, ya con la anuencia democrática, lo que se dió en llamar como Trova Rosarina. La riqueza y la variedad provenían de influencias múltiples e intangibles, puesto que no había en la ciudad un registro sonoro propio. Lo que logró ese puñado de jóvenes músicos fue una mixtura entre el tango, el folclore y el rock nacional que le valieron el reconocimiento de todo un país en el registro de cientos de obras, tanto originales como versionadas. Hubieron posteriormente films, videos, libros, escritos periodísticos de trascendencia cultural muy valiosa. Sus canciones atravesaron fronteras internacionales y cumplieron aquel viejo y certero adagio de “pinta tu aldea”. Donde y como lo hicieron pertenece a este intinerario ciudadano que pretende echar luz y palpar de cerca el taller de trabajo de aquellos chicos que nacidos en tiempos oscuros, mostraron sus frutos bajo un sol de democracia.
Sala Lavardén, el inicio
Enclavada en el casco céntrico es una sala acogedora, restaurada por Fito Paéz para acondicionarla como sala de grabación, hoy es un exponente simbólico de “Teatro-Cuna” pues allí, en su gran mayoría, nacieron profesionalmente los músicos de la incipiente Trova Rosarina. Bajo el manto de Amader -Ateneo de Músicos Amigos de Rosario- lograron aglutinarse muchos grupos de distintos barrios que no tenían donde encontrar su expresión. Por voto y en un orden no jerárquico cada cual iba mostrando quien era. La asistencia invariablemente resultaba masiva. El recién iniciado “artista” había vendido previamente entradas, pegado afiches y acarreado equipos para todos: un ejemplo de cooperativismo. Los peligros de un país hostil se evaporaban con los primeros sones que ansiaban la libertad. Así se mostraron canciones que resultaron emblemáticas de una generación.
Cafe de la Flor: la puerta de la quimera
Puede decirse que allí, entre sus sillas, sobre un escenario de tablones y unos tachos de luces, fue “descubierta” la música de Rosario, puesto que desde Buenos Aires y casualmente, alguien vinculado a un sello importante propuso a Juan Baglietto y su banda anclar en Buenos Aires, grabar discos, vivir de la profesión, en suma. El lugar era un sitio amigo con los músicos pues permitía los ensayos, los recitales a pérdida -remediada por su dueño- y la mirada indulgente de evitar pensar en el dinero. También se constituyó en reducto de bohemia, de crédito para comer y seguramente en muchas de sus mesas se hayan pergeñado proyectos gigantescos que culminaron en alguna canción o la elección de una poesía afortunada. De allí partieron, primero hacia el Festival de la Falda 1982 para luego afincarse en Capital, los pioneros, los que nunca pudieron olvidar el origen de una ciudad que a pesar de haberlos ignorado por años, jamás se les volvió adversa. Era el acuerdo entre dos amantes.
Otros portales creativos
El Café del Este, Café de las Artes, los bares El Cairo y Savoy, Saudades, Artaud también figuran en la memoria colectiva como referentes claves donde los músicos solían agruparse, mostrar algún fraseo, alguna oración recién nacida sin saber, sin pensar en la apuesta en que salió ganancioso el anónimo popular, el imaginario colectivo para transformarse luego,en un contundente hecho histórico que al decantar, se transformara en un clásico del interior e inédito por las circunstancias a las que siempre se le habían augurado pronósticos sin final feliz. Atravesando las tormentas, pudo desaguar en la reconocida Trova Rosarina.
Casas que hablan
* En Zeballos esquina Pte.Roca existía y aún existe una casa de pasillo con dos puertas. En la segunda, con la antesala de un patio con una sola planta, una casa grande, antigua, albergaba a modo de pensión sin serlo a estudiantes de distintas disciplinas. Algún matemático, un ingeniero y un avanzado de agronomía dedicado a componer -guitarra y flauta a mano- sobre una mesa de hule llena de papeles, apuntes, pentagramas. Circulaba el mate y la nocturnidad bohemia infaltable en estos casos. Allí vivía Jorge Fandermole, de los pagos de Andino, quien estaba próximo a recibirse. Eran los años de plomo y se vivía magramente, con espíritu monástico y sencillo. Nunca faltó yerba ni ginebra, casi como el lugar común de un criollismo citadino. Allí Fander mostró a su círculo íntimo sus primeras composiciones: se abría el horizonte creativo y se iba alejando el de las pasturas y las tranqueras. Recuerdan algunos que al día siguiente en que Jorge obtuviera el título de Agrónomo, cerrando tal vez el mandato familiar de “recibirse y tener un título”, sencillamente lo guardó en un módico armario para nunca más verlo y menos aún ejercer. La música, por suerte, obtuvo en ese momento el mejor de los triunfos.
* Abonizio trabajaba acarreando tarros de pintura por la ciudad, helándose en los inviernos, fritándose en los veranos. Era dos en uno: letrista de comercios y letrista de canciones. Una vieja casona prestada lo albergaba y vivía arriba en un mirador desde donde se podía otear con ojo atento la chimenea de algún buque derivando aguas arriba por el Paraná. La guarida era en Cerrito al 400. Debajo, en una de las piezas, otro músico arreglaba equipos y máquinas de pin balls. En la siguiente, convertida en sala de ensayos probaban sus temas Fito Páez, Rubén Goldín y el mismo Abonizio. Largas noches de desvelo, un poco de vino y recelo por los pasos afuera: en cualquier momento podría caer la policía ya sea por ruidos molestos o simplemente porque allí entraba y salía gente. Joven, para colmo. Cuentan que en su cocina-brasero donde no faltaban los amigos y una despensa flaca como perro de indio, Abonizio garabateó sus primeras artes cancioniles. Y que cambió pinceles por cuadernos.
* José Ingenieros al 700. Calle entramada con Rosario Central, a dos cuadras apenas de la cancha. Familia canalla con un hijo bohemio, en moto, pelilargo que animaba las fiestas infantiles y que debía muchas materias de su carrera de arquitectura. En la esquina un bar-almacén donde se reunía lo más granado del “dolce far niente” barrial. Juan Carlos Baglietto, hiperquinético como pocos, hacía luces, sonido, vendía y compraba instrumentos musicales y descubría con un olfato excepcional las ristras de canciones que andaban por allí, sueltas a la deriva, y que él recogía como un antropólogo sin título: esos primeros balbuceos, intercambio afectivo con otros músicos, fueron el númen, el alma de lo que constituyó una música crecida en el fervor de apostar a que había que pintar definitivamente la aldea propia. Hoy, en la misma esquina de boliche que seguramente lo viera deambular entre los adultos cuando era un pibe y llegaba al mostrador en puntas de pie, un restorant tiene en una de las paredes como adorno, su caricatura bien en grande.
* La casualidad poética determinó que Rubén Goldín naciera en una casa de calle Carriego -supremo fundador de poemas tangueriles- esquina Rioja. Habitué de nocturnidades y búsquedas expresivas, quiso su madre abrirle un negocito, un modesto kiosco para que el párvulo se ordenara en la vida y tal vez, confrontando con la necesidad y el deseo, se dedicara al ramo. A los meses debutaba en la Sala Lavardén y se multiplicaba en muchos grupos y experiencias. Las coordenadas permitieron que se juntara con Fito, Juan y Silvina, y empezaran a ensayar y tocar más de las veces por la cena o las bebidas. Una semana antes del Festival de la Falda, Córdoba, espaldarazo consagratorio de Juan, siendo guitarrista de Baglietto, narró que habían metido veinte personas en un bar. Al mes a la cifra hubo que agregarle dos ceros. Su mamá contenta: al fin el hijo había aprendido algo de matemática pero esta vez sin tener que esperar a los proveedores de golosinas.
* En la vida de Lalo de los Santos hay un antes y un después de ver debutar y llenar Obras Sanitarias, allá por el 82, a Baglietto & grupo: esa noche, como hipnotizado, volvió a su casa de Floresta y compuso de un tirón el sentido “Tema de Rosario”: era posible pensar, componer en “rosarino”. Nacido cerca del Parque Independencia, con papá músico de fuerte raigambre en el tango, no le fue difícil elegir carrera. Fue un pionero al escaparse de Rosario y radicarse allí, aventurado en una profesión disímil y expectante: desde cantar en discos ajenos hasta simular voces de dibujos animados. Entrañable y venerador de su ciudad, le rindió un culto casi religioso al punto de venir a despedirse antes de morir, justo un día antes del final. Calle Riobamba al 1800, su matriz, su país de pertenencia, todavía lo sigue extrañando.
* En la calle de Balcarce esquina Santa Fe, Fito Páez admitió la felicidad en su vida y no la dejó sentada en el umbral: la dejó entrar a que se sentara al taburete del piano que perteneciera a su madre, profesora de música. Una casa cargada de objetos, espejos y música; con un cubre teléfonos plástico y letras de canciones dispersas bajo un tintero antiguo o una cuenta de luz. Un patio viejo, una enramada y el altillo donde fumaba y soñaba en cambiar su vida propia y la de los demás con arte. Menor de edad aún, su abuela y su tía lo dejaban salir a tocar acompañado de algún referente “serio” constituido en un colega que aparentaba al menos una sombra de bigote. Impactó con la fuerza de un volcán en sus presentaciones y la estela de su cometa aún persiste y lo sigue fiel como un perro de la calle. No tuvo que definirse ni emplearse de otra cosa: ya la música y las primeras monedas obtenidas con ella lo habían sacudido fuerte por los hombros. Aquello fue el envión justo que el jovencísimo Fito necesitó para levantar vuelo, sin red, directo a las alturas desde donde arrojó canciones que hicieron a la historia nuestra un poco más conmovedora y más querida.
* En un micromundo poblado de masculinidad, la aparición de Silvina Garré constituyó una rareza: esa chica flaca y rubia que tocaba una guitarra importada además cantaba. Se incorporó a la banda de Baglietto y se sumó a la aventura sin una queja: había que acertar el número ganador con empeño, ensayos y mucha fortuna. Pasó a desempeñarse como coreuta y dejó constancia de su paso en los primeros discos fundacionales de la Trova. Más tarde, Nebbia, oficiando de padre ancestral, le ofreció grabar un disco y allí apareció en plenitud la Silvina compositora, desafiando la marea varonil generadora de canciones. Sus discos fueron grabados y conocidos desde Buenos Aires al país, pero ella aún seguía siendo aquella chica delgada que había salido de calle Santa Fe al 1400 para conquistar mundo sin olvidarse de su raíz.
Panoramas, postales de una ciudad, gente,olores,fotografías de una época y un lugar signados por el trabajo, la intuición y el azar.
Tres condiciones necesarias para dejar una marca en el aire de la aldea.
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